Es de madrugada miro a través de la ventana de mi casa en Les Rotes, Denia, España. El mar Mediterráneo como un plato de tranquilo. Se confunde el horizonte con la bruma y el cielo plomizo. Pero mis ojos vuelven a ver el Mar del Norte, vital, lleno de energía, olas de unos cinco metros. Era el martes 12 de agosto y el objetivo el crucero liviano de vapor Alemán llamado SMS WIESBADEN, hundido en la Primera Guerra Mundial en la batalla de Jutland en el año 1916.

Ya equipado llevando unos 80 kg de peso entre bibotella de 15 litros cada una en la espalda ,y dos botellas en los costados llamadas de etapas y resto de equipo, me apuran a que dé el salto desde la borda del navío Comandante Foulcault que no está fondeado, la boya que marca el cabo (cuerda) de descenso se aleja rápidamente por la corriente.

Con mi mano en la tráquea que se usa para inflar el chaleco compensador y sujetándome la máscara y regulador en mi boca doy el salto de unos 4 metros y me interno por primera vez en estas aguas, ya no hay vuelta atrás, ahora el objetivo es agarrarme del cabo que distará a no menos de 50 metros, la corriente me lleva las olas me incomodan y el pulso se me acelera…si me paso de la cuerda no podré avanzar contra la corriente y tendrán que ir a rescatarme con la neumática y no quería un comienzo así. De modo que me interne en el mar y decidí nadar a un par de metros de profundidad no perdiendo de vista el cabo que por momentos me parecía que perdería… usé hasta los brazos para ganar distancia y cuando ya lo tenía con un esfuerzo final lo agarré fuertemente…el ritmo respiratorio se me disparó y en forma consiente tenía que recuperarlo.

Miré el manómetro y me pareció haber consumido 30 bares!…  pronto vino mi calma ya internado en el mar, sin olas sin el agobiante peso y cogido del cabo. Ahora esperaba a mis dos compañeros, luego me enteré que al que esperaba se lo llevó la corriente y lo tuvieron que ir a buscar y abortó la inmersión por las malas condiciones en que quedó. Cuando llegó otro del equipo nos hicimos la señal del ok y comencé a descender.

El azul se convirtió en marrón y a los 25 metros mis labios sintieron el frió… que ya estaría en menos de 10 C. Seguí el descenso encendí mi foco y en el profundímetro siguieron aumentando los dígitos…ya faltaba poco para los 50 metros de profundidad que era la cota especificada, cuando estoy a punto de llegar veo una imagen que no podía creer…de esas que no sé si es una broma o una terrible realidad.

El ancla de la boya de descenso estaba “garreando” es decir no se había hecho firme en el pecio Weisbaden y la fuerte corriente que había en el fondo estaba desplazando el fondeo que daba saltitos en la arena, por mi mente pasaron rápidamente otros sucesos pasados…el día que yendo a otro pecio y a la misma profundidad el capitán del barco tiró un fondeo más corto que la profundidad del fondo…otras veces que se tiraron anclas inadecuadas o con peso anecdótico para la corriente existente, pero esta vez estaba con la élite diría a nivel mundial tanto del grupo organizador como de la embarcación que nos trajo y no me entraba en la cabeza ver ese cabo de tanto diámetro y un ancla tipo grampín tan pequeña en relación con la naturaleza de la inmersión. Me sentí tentado a “tirar” el carrete y buscar el pecio pero desistí ya que no quería dar la “nota” por si pasaba algún imprevisto, ya que la corriente era muy fuerte y la visibilidad mala. Pronto llegaron los rebreather, Glenn y otro e hicieron un poco de camino, me quedé en el ancla alumbrando para que tuvieran referencia y ellos mismos abortaron a los pocos metros y ascendieron para dar el aviso y que no se tiraran todos los restantes. Antes de ascender cogí arena del fondo y me alegré de estar en el Mar del Norte a esta profundidad.

Ahora el ascenso y enfrentarse nuevamente con la bravía del mar en superficie y el peso del equipo y experimentar el traslado y el izamiento a bordo…todo nuevo en mi caso. Pero esto es otra historia por si misma que ya les relataré.